Esta es una de esas últimas, y aunque parezca un cuento de niños, tiene más que ver con nosotras, las adultas que hacemos listas interminables de “lo que necesita” un niño.
Hace un tiempo acompañé a una amiga a elegir regalos para su sobrina de 3 años. Entre cascabeles de diseño y trajes de temporada, se dejó seducir por un juguete interactivo de última generación: luces, sonidos, promesas de estimular todos los sentidos. Costaba más de lo que a mí me habían pagado por mi primer tatuaje. Cuando la niña lo recibió, la familia hizo un desfile de oohs y aahs, lo envolvieron todo con papel brillante y la pequeña rió… pero no por el juguete. Lo que de verdad le interesó fue la caja de cartón gigante en la que venía.
Ahí estaba la ironía: mientras los adultos debatían si el juguete cantaba o no, la niña ya había convertido la caja en un barco pirata, una cueva de dragones y un castillo encantado. Pasó la tarde dentro de ella, dibujando ventanitas con sus dedos. El juguete electrónico quedó a un lado, esperando su turno que, por cierto, nunca llegó. Con el paso de los meses, la caja siguió siendo fortaleza, cohete, casa de muñecas y pista de aterrizaje para dinosaurios. El aparato multicolor terminó en un rincón, recogiendo polvo y miradas culpables.
¿Moraleja? Que a veces somos nosotras las que necesitamos el juguete sofisticado, no los peques. Ellos viven de imaginación y tiempo compartido. Y aquí es donde la historia se alinea con Petit Loop: cuando acumulamos cosas por miedo a “no tener lo suficiente”, olvidamos que los objetos cobran vida gracias a las historias que creamos con ellos, no por lo que costaron.
Desde entonces, mi amiga no ha vuelto a comprar juguetes que parezcan más obras de arte que herramientas de juego. Decidió intercambiar los que ya no usaba y hacerse con otros de segunda mano. Y, por supuesto, siempre tiene cajas de cartón a mano. Porque lo que importa no es estrenar, sino inventar.
Así que la próxima vez que te tiente un juguete carísimo y “educativo”, piensa en la caja de cartón más feliz del mundo. Puede que la moraleja esté ahí, riéndose un poquito de nosotras: la sostenibilidad y la imaginación suelen ir de la mano, y no tienen por qué costar una fortuna.


